Más que un lugar, “hogar” es una segunda piel. Una capa que se posa sobre el cuerpo y retiene los olores, sonidos, imágenes y recuerdos que dotan nuestro día a día de significado. Sara Ahmed, filósofa feminista, explica que sentirse en casa va más allá de estar en un lugar: significa que el espacio y quienes lo habitan se entrelazan, se transforman mutuamente y, de alguna manera, se habitan el uno al otro. Los hogares, las casas, se construyen; las construimos. Sin olvidar también que muchas veces lo nombrado hogar no resultan los espacios más agradables, y otras, lo que llamamos hogar son personas y afectos.
Migrar es, entonces, verse despojado de esa piel, dejar la dermis expuesta al contacto con lo extraño y descubrir que lo extraño te devuelve la mirada con ojos de desconocimiento. “Porque todo movimiento, toda migración, todo habitar un espacio nuevo es, al final, preguntarse por quién uno era antes y por quién uno será después”, dice María del Mar Ramón, escritora colombiana; preguntas, quizás, sin respuestas permanentes.
Para Johana Luna Motato, arquitecta y artista colombiana, “la ciudad es un espacio de memoria”. Cuando estás en casa, habitas un lugar cuya memoria es, por herencia, tuya. Sin embargo, al migrar, esa memoria parece quedar en suspenso. Más que página nueva, se trata de un nuevo libro, y así te ves expuesta a la hoja en blanco. Sin hilo del que seguir tirando, sin historia que seguir tejiendo, empiezas a habitar la incomodidad de un cuerpo migrante: un cuerpo fuera de lugar.
Lejos de ser un acto individual, la memoria es un legado colectivo. “La propia sociedad va habitando las cosas vacías y las va haciendo suyas a partir de sus deseos”, explica Allysson Vila, arquitecta e hija de migrantes peruanos, al hablar de los caminos de placer: huellas de tránsito que, a fuerza de ser recorridas, se convierten en senderos. La memoria es, entonces, esos espacios ya transitados, por otras o por nosotras, y los afectos y formas que quedan en sus huellas. Huellas que, a su vez, trazan senderos de lo posible y abren camino para nuevos recorridos.
La ciudad es un espacio de memoria. Ciudad que construye “quien viene, se sienta con sus pipas y ocupa un lugar que le han dicho no le pertenece”, recalca Allyson. Pero el cuerpo migrante, a pesar de ocupar ese espacio, continúa sintiéndose fuera de lugar. Así nos dice Carolina Riverso Fassano, actriz venezolana: “No te puedo decir que haya conseguido un lugar; estoy en eterna búsqueda”.
El espacio es una producción social, diría el sociólogo Henri Lefebvre, atravesada por relaciones de poder que codifican el lugar correspondiente a cada cuerpo. Así, los lugares se ven delimitados por fronteras que determinan quién puede ocupar un espacio y hasta qué punto puede sentirse parte de ellos.
“La historia que habita esta ciudad es la historia de la colonialidad”, dice Sara Guarín, refugiada política colombiana y coordinadora de proyectos en SOS Racismo. Una historia que reproduce jerarquías, distribuye posiciones, delimita desplazamientos y condiciona oportunidades en base a origen, raza y género.
Es, también, la historia de una ciudad construida, marcada y transformada por esos cuerpos desplazados. “Pienso en la figura del migrante que viene a sostener y trabajar, en un contexto de productividad pura y dura que relega los cuerpos migrantes a determinados puntos. Si observamos el mapa de Madrid, vemos una radialidad en la que el ocio y el disfrute se concentran en el centro, mientras que la periferia queda relegada a un espacio desde el que se accede al centro para trabajar”, nos dice Johana.
Esta realidad, afirma Allyson, “tiene mucho que ver con la economía. La mayoría de las personas migrantes, debido a la situación económica, hemos tendido a asentarnos en los barrios de la periferia”. Origen, racialización y clase son algunos de los factores que delimitan la posibilidad de habitar el espacio: “En el momento en que no cumplimos los requerimientos normativos de una ciudad, empiezas a habitar la ciudad de otra forma y se te empieza a desplazar”.
La ciudad no se vive igual desde todos los cuerpos y, para las mujeres migrantes, recorrerla implica muchas veces convivir con el miedo. “A mí me da pánico ir a un lugar donde haya hombres blancos ebrios, porque somos objeto de hipersexualización, somos leídas como personas que pueden ser maltratadas, vulneradas. Y el racismo y la colonialidad han generado un discurso de deshumanización hacia nuestros cuerpos. Y eso implica que nuestros cuerpos pueden ser tratados como cualquier otra cosa menos seres humanos”, nos cuenta Sara.
Estos relatos, y los imaginarios que generan, nos narran cuál es nuestro rol en la ciudad. Pero las historias están en transformación continua: con quien se sienta y se apropia del espacio público, con los pasos que trazan caminos de placer donde no estaban dispuestos. Con ellas, las fronteras de Madrid también empiezan a desplazarse, ampliarse, torcerse. Fronteras que van más allá de lo visible. Pensamos en lo no dicho, en lo planificado y en aquello que sucede al margen de lo previsto.
En las ciudades conviven muchas tensiones a la vez: lo dispuesto con lo no dispuesto y lo imaginado con lo que todavía busca hacerse lugar. Porque las ciudades son más que un conjunto de calles, edificios y obras; son también un entramado de narrativas que se cruzan, se contradicen y se disputan el derecho a nombrar lo real.
“La veo como un organismo vivo, que es como un tejido, algo que está en constante movimiento, y tiene una multiplicidad de capas” nos dice Johana. Los lugares, para la geógrafa Doreen Massey, siempre son híbridos. Las identidades se forjan a través de las relaciones, en un proceso de formación constante. No están arraigadas, no son estáticas, nunca llegan a completarse.
“La migración siempre abre puertas. Abre puertas para quien está llegando, pero también para quien recibe, porque esa persona que viene trae un bagaje cultural, unos intereses y unas habilidades también”, dice Patricia Heredia, librera venezolana de Los Pequeños Seres.
Quien migra debe aprender un nuevo entorno. “Eso forma parte de la migración, saber dialogar con el entorno”, comenta Patricia. Pero dialogar implica que el cuerpo que llega tampoco es un espacio en blanco: trae consigo algo escrito, una memoria, unos gestos, unos modos de relacionarse con el mundo. Estos forman parte de una ciudad que “contiene cosas que no han sido metabolizadas”, señala Ginette en su conversación con Johana, cosas que “pujan por estar, por ser, por ser nombradas”.
Sí, como señala Sara Ahmed, el espacio y el sujeto se habitan mutuamente; nuestros cuerpos migrantes también habitan Madrid por dentro: forman parte de su memoria, de sus contradicciones y de aquello que día a día le da forma. Porque, al final, “la ciudad la construimos las personas que la habitamos”, nos dice Sara.
Así, espacio y sujeto convergen en una danza permanente. “Los espacios están” nos dice Carolina, “pero hay que defenderlos cada día. Hay que habitarlos y seguirlos construyendo”. La ciudad es a la vez texto y cuerpo; “habitar un espacio es sostenerlo”, estar ahí, disponerse y permanecer permeable. En esos encuentros y transformaciones se trazan condiciones de posibilidad tanto reales como imaginarias, de futuros posibles, formas de vida, potencias, afectos y sueños. Cómo juntas podemos soñar y armar formas amables de vivir y habitar nuestra casa en Madrid.







